porque el tiempo es breve, pero me ama

domingo, 30 de octubre de 2016

tres meses de la presentación de mi libro. días antes estuve caminando por las calles de Magdalena en busca de dinosaurios. caminar, escribir, buscar y encontrar lo no buscado son en suma una parte importante de aquello que intento como poema. la poesía en definitiva es algo más alto y menos explícito.
el día de la presentación proyectamos este video, el cual trabajé junto a Pepe Cahuas en el mes de julio. la descripción que acompaña dice así:

Recorrido audiovisual por Lima y los escenarios del libro 'los abrazos largos. prosa' de Karina Valcárcel. Grabado los días de julio en la Residencial San Felipe, el tren eléctrico, las ciclovías de las avenidas Arequipa y Salaverry, distritos de Lince, San Isidro, San Borja, San Miguel, Pueblo Libre, entre otros. El fin fue recrear -a través de un collage de imágenes y secuencias- la atmósfera que intenta transmitir las prosas de este libro; así como evocar el estado de ánimo de quien observa desde distintas perspectivas la ciudad, su tránsito y sus palabras.

y el video es este:

tres meses desde la presentación de mi libro. aunque no debería ser la forma de fechar nada en particular, lo tomo como pretexto para sentarme a escribir algunas líneas en este abandonado blog mío. es domingo y he regresado a casa poco más de las cinco de la mañana. el cielo ya iba clareando, lo que demuestra que el invierno ya terminó de mudarse de hemisferio. a dos cuadras, dos muchachas de apretados jeans vienen tambaleándose, apoyada la una sobre la otra, como si acabaran de jugar el mejor partido de sus vidas. como viejos amigos que saben de sus penas. pero sonríen. sonríen y se tambalean y algunos hombres que también andan despiertos y errantes a esas horas de la madrugada en Lima las miran. yo también las miro mientras el taxi avanza por avenida universitaria.
despierto al mediodía del mismo domingo. ha salido el sol y huelo a sexo. me lavo la cara y los dientes y bajo a desayunar. vierto dos cucharadas de café instantáneo al agua caliente de mi taza y luego veo que no tengo azúcar. reviso todos los lugares posibles en los que podría hallar al menos un poquito, pero nada. estoy desabastecida. ya pasaron once días desde que mamá se fue a europa. ahora soy una chica de 31 años en una casa con tres hombres. un niño y dos adultos. uno de ellos es papá. papá viene a dormir a casa todos los días desde que madre se fue a Barcelona. papá dejó de vivir en nuestra casa a mis 12 años. ahora compra el pan por las mañanas y me llama por la noches para preguntarme si llegaré a dormir. papá extraña a mamá, pero en especial extraña la posibilidad de su independencia y desapego. amo a papá y extraño a mamá.
en un rato bajaré a freírme algo para el almuerzo. no recuerdo por qué empecé a escribir todo esto, yo quería decir algo que se perdió en el camino, pero me importa menos de lo que me importa elegir el almuerzo de esta tarde. yo solo pasaba por acá para sentir que no he abandonado del todo el ejercicio de darle a las teclas negras de mi laptop. además, quería archivar una serie de sucesos y recuerdos, porque mi memoria es blanda y se agujerea con facilidad. volveré en próximos posts, pero primero, una fritura.

yo no quiero hablar del amor. yo quiero hablar de todo lo que comen los protagonistas durante la película. llevan hacia sus bocas crujientes y verdes vegetales todo el tiempo, verduras equilibradas grácilmente en un par de palillos de bambú. sorben transparentes fideos que parecen tener metros y metros de extensión. sirven el café en delicadas tacitas de jade. se encuentran y desencuentran mientras van a buscar la cena, y por esa misma razón, a veces les cae la lluvia. ordenan el uno para el otro los platillos que elegirían sus respectivos cónyuges. ensayan la infidelidad, los encuentros y las despedidas en vaporosas tertulias que discurren en cafés o restaurantes. quiero hablar de las recatadas y cadenciosas caderas de Su Li-zhen, subiendo y bajando peldaños de algún barrio de Hong Kong, atrapadas en esos ceñidos y brillantes vestidos de cuello alto. del humo que asciende lento sobre la cabeza de Chow Mo-Wan, como la explícita combustión de sus ideas e imposibles afectos. de la textura del agua y la textura del llanto. de la imposibilidad y el simulacro. de lo nada preparados que estamos para el nuevo dolor, para ninguna despedida. del ejercicio de narrar secretos a los árboles, a los muros. de la voz de Nat King Cole cantando boleros con ese acento gringo tan espantoso, pero que en él resulta adorable. de la cámara lenta y la tensión sexual y el piso de tu habitación arropado por un cielo de peluche sobre el que rodamos mientras la magnificencia de los años pasa como las flores.


domingo, 14 de agosto de 2016

son casi las dos de la mañana en lima. tengo que volver a casa.

hemos pasado la noche del sábado conversando. primero, buscando café como quien busca algo mucho más relevante que una simple taza que humea. luego, echados en tu cama -que no es tu cama- mirándonos las caras como presentando formalmente nuestras facciones.

cruzamos la avenida corriendo y los autos intentan no matarnos.
hace frío.
detenemos un taxi en la brevedad. es rojo, de un modelo antiguo. el señor que lo conduce escucha country a todo volumen. es evidente que él mismo ha armado la lista de canciones que suenan en el trayecto de tu casa a mi casa.

estamos mudos y la música es perfecta a esta hora y en este clima. reposas tu cabeza sobre mi cabeza y tu mano, en mi mano.
estamos próximos a llegar a mi puerta y mientras atravesamos el parque en nuestra máquina del tiempo empieza a sonar la canción 'when a man loves a woman', pero no en la versión que popularizó michael bolton y las pelis gringas, sino en una que no logro reconocer y que me emociona. pienso que quizá el camino no alcance, pero llegamos al árbol de jacarandá justo cuando la voz del cantante se va en el último poquito del poquito a poco. antes de bajar del carro pregunto al señor: '¿quién canta?' y no tarda en responder 'johnny rivers'.

and if she is bad, he can't see it

domingo, 7 de agosto de 2016

Fiesta Personal



Publicado originalmente en el suplemento 'Variedades' del diario 'El Peruano' el 05.08.2016
Entrevista y foto de Luis M. Santa Cruz

martes, 2 de agosto de 2016

he dormido todo el día y he soñado mucho. una fiebre extraña -más mental que física- se ha alojado en mí. será que la tristeza baja las defensas o será que me he dejado embaucar por el sol díscolo del invierno. he despertado solo para almorzar y cenar. en la tele llego al momento final de un episodio de los simpsons, son solo cuatro segundos y lo dejo porque el fondo musical es 'sea of love' cantada por phil phillips. homero y marge se besan en la boca al interior de una nave submarina y algunos peces pasan en direcciones distintas. en cinemax se anuncia un especial de películas titulado 'especial posesiones satánicas'. he bajado al comedor del primer piso de mi casa blanca y he cenado lo que abandoné en el desayuno. en la tele will smith consuela a una mujer al interior de un carro, lo veo en mute mientras masco un pan con queso fundido. reviso todos los mensajes que me han escrito durante el día. respondo algunos desde la pantalla de mi celular.

entre esos mensajes está el tuyo.

estás postrado en cama o al menos deberías estarlo porque tu condición es peor que la mía. ninguno de los dos está enfermo, pero estamos tan enfermos que nos contamos nuestros pesares. regresa a mí el recuerdo del último día que salimos juntos. caminamos por la ciclovía de salaverry y luego entramos a un lugar para tomar un café. conversamos sobre almohadas y surrealismo y todo estuvo bien hasta entonces. caminamos por las calles de jesús maría y sacaste un vino de tu mochila. era uno de mis vinos favoritos y lo descorchaste y anduvimos de vagos dándole largos sorbos a la botella. entramos a la avenida brasil y caminamos sobre las tarimas abandonadas del desfile patrio. éramos los únicos desfilando por aquella pasarela y la gente nos miraba con asombro o con medias sonrisas. atravesamos varios parques de la parte vieja de pueblo libre. como siempre, me detuve frente a un montón de casas que me parecieron bellas. tú te detuviste conmigo cada vez. señalábamos aquello que nos gustaba de cada casa. pero, cuando nos detuvimos frente a aquella casita de una sola planta en la calle barcelona y tu dijiste: 'mira, parece la parte de abajo de un reloj cucú, en cualquier momento saldrán de esas puertitas dos señores, se reunirán al medio de la calle y se darán martillazos en las cabezas' comprendí que estabas tan demente como yo y me alegré.

el resto del camino fue ocupado por una conversación ultra rándom.

a pocas cuadras de llegar a mi casa te arrodillaste no sé por qué motivo, pero aprovechaste la posición para darme un beso, debajo de la rodilla, arriba del tobillo, sobre mis medias negras de nylon.

- oye, te has caído.
- no importa, pero te besé la pierna.

lunes, 25 de julio de 2016

mañana presento mi sexto libro. es la una de la tarde de el último lunes de julio y sigo en pijama. mi madre me ha servido un plato de sopa de pollo. mi hijo también está de vacaciones. el invierno está luminoso esta tarde. tengo que ir a buscar dinosaurios. tengo que salir a capturar. me siento algo contenta, algo nerviosa, algo infante. y esta es mi cara pelada.

cada cierto tiempo registro mi cuerpo desnudo. el registro está compuesto por fotos y dibujos que muy rara vez comparto, y creo que desde ahora empezaré a realizarlo también con textos. mi cuerpo es el cuerpo de una mujer de 31 años, madre por parto natural de un niño que actualmente tiene la edad de nueve. conservo de aquella experiencia una estría en el vientre -similar a la pata de una gallina- que atraviesa verticalmente mi ombligo.
la estría poco a poco se ha convertido en un alto relieve, el cual acaricio siempre envuelta en la vaporosidad de mis duchas nocturnas. ha sido besada múltiples veces por aquellos hombres que me amaron. y solo por ellos he permitido ser observada de cerca, bajo la lupa de una luz cenital y fluorescente. la nitidez de mis defectos nunca me es grata, pero aún así trato de no juzgarlos, discriminarlos o eliminarlos. sobre la piel que cubre mis costillas izquierdas porto un lunar color rosa, que siempre es confundido por el amante de turno con una mordida o una succión. la respuesta siempre es la misma y aún así me miran con sospecha. si el amante permanece el tiempo suficiente a mi lado nota que, en efecto, se trata de un raro lunar y que el paso del tiempo o la buena circulación sanguínea no serán suficientes para borrarlo. sobre el omóplato derecho otro lunar salta a la vista y al tacto, pese a no ser muy grande, es llamativo y está solo en ese descampado de mi espalda el cual aún exhibo en los veranos.

mis pechos son pequeñitos y mis nalgas carnosas. soy flaca, de pies y manos grandes. soy ojerosa a tal punto que una vena verde asoma sobre mi rostro siempre, bajo el ojo izquierdo, la tengo desde niña y me confiere un aspecto mortecino que a veces disfruto. mi pubis está poblado de vello negro y duro. mi boca es gruesa. mis mejillas han perdido algo de gravedad por el llanto y por la risa y obviamente porque cada día me hago más joven. tengo la barbilla partida y partido también tengo el corazón, pero eso casi nunca se me nota. mi cabello es largo y se me cae, la melena se extiende hasta mi cintura y es difícil peinarla y secarla. mis clavículas son brillantes e itálicas, como todas las clavículas. mis párpados son anchos y caen sobre mi ancha mirada, sobre las oscuras pupilas de mis ojos dispares. mis dientes están muy bien alineados gracias a los aparatos de ortodoncia que usé durante toda la primaria. tengo dos perforaciones en cada uno los lóbulos de mis orejas, perforaciones hechas por mi madre, las primeras al nacer y las últimas durante mi adolescencia. mis piernas son largas, sirven para caminar y para correr, mi paso es casi un breve salto, mi andar es presuroso aunque de esto rara vez me percato.

tengo una cicatriz de zurcido invisible en el estómago porque una vez morí de desamor. tengo la memoria llena de candados y un lago profundo repleto de llaves que yacen confundidas en su fondo. mi barriga es blanda y es dura mi alegría, pero es mía. llevo las uñas siempre cortas y nunca rizo mis pestañas. aunque sé que tengo un alto umbral de tolerancia al dolor físico y emocional, nunca me deja de dar miedo el saber que me van a arrancar una muela o que voy a dejar otro amor. gozo de insomnio vacacional. ya es lunes. todos duermen en esta casa y yo escribo.

domingo, 5 de junio de 2016


este año se publica 'los abrazos largos . prosa', acá el dibujo de portada, del trazo de Eduardo Tokeshi



réquiem por el casete

Publicado originalmente en la Revista Soho Perú

Si existe algo que hemos heredado los que nacimos antes del fin de la era analógica debe ser la resistencia. Resistencia no como negación, sino como aguante. Si algo hemos perdido, probablemente sea la resolución de nuestras huellas digitales. Las máquinas con las que hemos crecido siempre demandaron vigor. Para escribir a máquina tenías que presionar cada tecla con firmeza. Si querías hacer una fotografía, correr el carrete, apretar el disparador, hacer foco manual siempre. Si querías escuchar o grabar música: un botón para abrir en cámara lenta la pequeña puerta que daba acceso al casete en la radiograbadora, otro botón para reproducir la cinta, otro para detenerla, otro para rebobinarla y así sucesivamente. Botones recios de máquinas pesadas y duras si es que las comparamos, por ejemplo, con las laptops o los mp3 (que de hecho resulta ahora un referente algo antiguo).

En casa teníamos todos estos objetos: máquina de escribir, calculadora científica, VHS, tornamesa y obviamente, la infaltable radiograbadora. Y dado que provengo de una familia con cierta tendencia melómana, nuestra fonoteca era pintoresca y voluminosa.

Apilados por orden alfabético en el estante musical de mi casa, de pastas coloridas y escritas a mano alzada con algún lapicero Novo, los cassettes fueron quizá mis primeros libros. Objetos del polvo y la nostalgia, ‘escritos’ a golpe de apretar los botones ‘play’ y ‘rec’ al mismo tiempo, herramienta de registro de mi pronta pubertad. La música almacenada en aquellas cajas de plástico duro -cuya cinta electromagnética podía resistir de forma heroica la rebobinada manual, el parche con cinta adhesiva, el re-re-regrabado, los nudos y cuanta cosa pasara por la mente de una niña- formó parte importante de mi educación sentimental. Bolero, rock, chicha, cumbia, vallenato, punk y tantos otros géneros que incidieron en mi personalidad múltiple (según la ciencia), que yo prefiero llamar ‘ecléctica’. Todos los detalles que rodeaban el objeto del casete fueron tan importantes como el casete en sí, sin embargo, la posibilidad que te brindaba el librillo plegado era lo que más disfrutaba de aquel objeto. Un acordeón de papel que generalmente contenía las letras de las canciones que traían los lados A y B de la cinta. Al ser yo una fanática de los mixtapes, una DJ frustrada si se quiere, encontraba en la creación de ese librillo gran algarabía. Era el complemento perfecto para la labor de collage que implicaba crear el soundtrack de tu vida.

En el mercado de mi barrio habían muchos puestos donde se podía encontrar la música de moda en ediciones pirata. Para música más ‘caleta’ tenía que transitar los pasadizos de Galerías Brasil, uno de los pocos sitios donde encontrabas rock nacional y que aún sobrevive, entre fotocopiadoras y antros de videojuegos. Los casetes fueron la caja de bombones de mi adolescencia. Siempre me parecerá un gesto más romántico que un chico te obsequie un casete con canciones escogidas y grabadas una a una para ti, a que copie y pegue un link de YouTube o Spotify en tu muro de Facebook. Mi primer amor me obsequió uno de Lucybell; el segundo, uno de The Beatles; el tercero me pasó un enlace donde podía descargar música gratis.
Para una navidad me regalaron mi primer walkman. Era amarillo y pesado y yo andaba de arriba a abajo con él. Era decisivo elegir el cassette que me acompañaría durante el día, ya que resultaba aparatoso salir con más de uno a caminar por las calles de Lima. La textura del sonido llegaba ahora directamente a mis oídos, sin ruidos ni distracciones, casi si hasta podía percibir al cantante pasando saliva en mi tímpano derecho. Por culpa del walkman –más bien, por culpa de mi inconsciencia- he estado al borde de más de un atropello en la vía pública y sufrido la puteada de al menos una docena de choferes histéricos.
Para cuando entré al cuarto de secundaria el compact disc ya había empezado el proceso de destierro de los nobles casetes. Lo mismo que el discman con el walkman. Luego vino el mp3 y el Ipod y luego ya no me interesó tanto los aparatos para reproducir y hacer portátil la música. Todo estaba en Internet.

Aún conservo muchos de los casetes de mis padres, algunos nunca devueltos a mis amigos, algunos como documentos de amor, incluso grabaciones caseras de lo que era un programa radial que improvisábamos con unas primas, encerradas en mi habitación. Guardo mi voz de los trece años en esa cinta. No ha cambiado tanto.

k.v.c.

dibujar como acto de amor

un iglú es una construcción hecha por el hombre, supone el moldeado de bloques de nieve y su correcto apilamiento en función a un modelo abovedado, por llamarlo de forma alguna. un iglú es un fuerte, un refugio, una vivienda, un hábitat, un búnker, pero sobre todo, es las ganas de permanecer y sobrevivir en las condiciones más hostiles. construir un iglú es un acto de supervivencia dotado de belleza y armonía. un iglú puede ser una morada cálida, capaz de prolongar una estancia digna, sin mayores afecciones, durante mucho, mucho tiempo.

sábado, 21 de mayo de 2016

siempre tengo un 'último día en lima'. el de esta mañana es particularmente oscuro. como cereal directamente de la caja y doy sorbos a un café que este mediocre otoño ha logrado enfriar en segundos. es mediodía y no me he quitado el pijama. mi hijo, tampoco. está bajo la frazada, viendo dibujos animados en su cuarto. somos dos niños solos en una gran casa vacía.

la maleta está tirada en el piso de mi habitación. tiene la puerta abierta y viene llenándose de polvo desde la última vez que partí. nunca termino de desempacar por completo, por ejemplo, del último viaje se ha quedado un polo rojo, una pastilla de jabón y un par de medias enrolladas. la ropa que llevaré para este, aún está húmeda en los cordeles del patio.

hoy no tengo ganas de despedirme de la ciudad.


domingo, 15 de mayo de 2016

hoy dibujé un árbol. un árbol que siempre dibujo y que probablemente sea una mezcla de texturas de todos los árboles que he visto e imaginado desde la infancia. un árbol sin frutos. oscuro. de tallo rugoso. de hojas redondas. de ramas largas y verticales. un árbol que siempre tienen un agujero en alguno de sus lados. este agujero ¿qué será? me lo he preguntado muchas veces. pienso que quizá sea una herida, un refugio, un portal. y a veces, solo pienso que dibujo este árbol, una y otra vez, con la ilusión de un día poder atravesar aquel agujero.