porque el tiempo es breve, pero me ama

sábado, 21 de mayo de 2016

siempre tengo un 'último día en lima'. el de esta mañana es particularmente oscuro. como cereal directamente de la caja y doy sorbos a un café que este mediocre otoño ha logrado enfriar en segundos. es mediodía y no me he quitado el pijama. mi hijo, tampoco. está bajo la frazada, viendo dibujos animados en su cuarto. somos dos niños solos en una gran casa vacía.

la maleta está tirada en el piso de mi habitación. tiene la puerta abierta y viene llenándose de polvo desde la última vez que partí. nunca termino de desempacar por completo, por ejemplo, del último viaje se ha quedado un polo rojo, una pastilla de jabón y un par de medias enrolladas. la ropa que llevaré para este, aún está húmeda en los cordeles del patio.

hoy no tengo ganas de despedirme de la ciudad.


domingo, 15 de mayo de 2016

hoy dibujé un árbol. un árbol que siempre dibujo y que probablemente sea una mezcla de texturas de todos los árboles que he visto e imaginado desde la infancia. un árbol sin frutos. oscuro. de tallo rugoso. de hojas redondas. de ramas largas y verticales. un árbol que siempre tienen un agujero en alguno de sus lados. este agujero ¿qué será? me lo he preguntado muchas veces. pienso que quizá sea una herida, un refugio, un portal. y a veces, solo pienso que dibujo este árbol, una y otra vez, con la ilusión de un día poder atravesar aquel agujero.


sábado, 14 de mayo de 2016

el recuerdo se aprieta entre las sienes
una tregua entre el golpe y el quejido
bajo esta agua las valvas del olvido
los moluscos del tiempo los rehenes
deja caer el cielo que sostienes
pues todo lo que aguardas lo has tenido
deja pasar la vida que has vivido
deja volver atrás lo que ahora tienes
no retrocedas más a la esperanza
que andando está el camino y ya deshecho
la hora se detiene cuando avanza
la espera desespera a cada trecho
y la mirada rota atrás se lanza
como si hubieras de rehacer lo hecho

Américo Ferrari 

lunes, 2 de mayo de 2016

En el pueblo de San Marcos estuve por vez primera frente a una magnolia, una flor de la cual solo había escuchado el nombre y que me resultaba familiar por ser el título de una de mis películas favoritas de la vida, una película sobre la soledad y el perdón (lejos de todo lo cursi) dirigida y escrita por Paul Thomas Anderson; pero, además, por estos versos de Eielson: 'pero luchar luchar luchar/todas las noches con un tigre/ hasta convertirlo en una magnolia...'. Los tigres, como ustedes sospecharán, no se parecen en nada a las magnolias. La magnolia es una flor similar a esos pozos que formamos con las manos cuando queremos recoger en ellas agua. Sus pétalos no son pétalos, sino 'tépalos', lo cual significa -entre otras cosas- que su textura y estructura es más similar a la de una cebolla que a la de cualquier otra flor. A diferencia de la cebolla, una magnolia no te hará llorar por el simple hecho de picarla para la ensalada. Las magnolias son polinizadas por escarabajos, esto se debe a que existen desde hace tantos millones de años que son incluso anteriores a la aparición de las abejas. Tal vez encontrarse con una flor 'cara a cara' no sea para algunos un suceso tan importante, pero a mí me conmueve. Siempre me estremece el plano real de nuestra existencia, me recuerda lo diminuta e insignificante que soy frente al mundo, frente a lo desconocido, me encara ante mi ignorancia, me devuelve a la certeza de que si bien las películas y los libros son maravillosos instrumentos de aprendizaje, cuestionamiento o reflexión, forman parte de una experiencia inconclusa, en especial si se les considera suficiente para entender una idea o -peor aún- superiores a lo vivencial. Quizá sea cierto que contemplar una flor comprenda un acto muy simple. O quizá sea tan simple como intentar convertir a un tigre en esta flor.


martes, 19 de abril de 2016

estoy aquí, tras la puerta cerrada.
respiro cuidadosa
                  mente
para sostener un silencio que me permita percibir tu respiración
del otro lado.                                                           te he pescado.
eres el más hermoso de los peces que
por descuido ha saltado a mis manos. contemplo
tu muerte en mi regazo
y te encuentro bello
ahora
será imposible
devolverte al agua,
pero
no

                                                            quiero tenerte.

me quedo inerte ante tu dolor,
y te acompaño hasta
tu propia quietud
                                                                                      forzada y adquirida.
'nadie puede capturar la luna en un espejo', te digo como consuelo
y beso tu pico de carne,
te observo con mis ojos dentados,
la escena se filtra
por estos oídos
que son los únicos
que se entregan
risueñamente al sueño.

domingo, 31 de enero de 2016

observo desde la ventana del bus que me conduce al trabajo a un grupo de jardineros municipales. van encapuchados, con trajes de un verde vibrante, portando aparatos para la poda como fusiles. los veo sin poder darle algún nombre preciso a dichas herramientas y me resigno a mi plena ignorancia, o no me resigno y solo acomodo las agujetas de mis botas y peino con los dedos mi cerquillo para volver a meterme en la lectura. pronto sucede que no puedo continuarla. algo se empieza a agitar bajo el uniforme de lo nombrable. algo que se comporta como un pajarito que ha terminado quién sabe cómo atrapado al interior de una botella y que en su intento por zafarse, golpea su pequeñísimo cuerpo contra las paredes de vidrio, sin entender en qué momento el aire se endureció. soy tanto lo que se esfuerza por salir como lo que impide que aquello salga. pienso entonces en aquellas máquinas que nunca sabré usar y también en las máquinas que sé usar sin saber cómo funcionan. peor aún es lo que sucede con aquella de la que me valgo para tomar este apunte, para pronunciar mi pensamiento -ese aparato cuya mecánica pueda que entienda de algún modo- sin lograr que funcione según lo que antecede en mi cabeza, lo previo al pensamiento, a lo concreto y silencioso, al pudor, a las restricciones de mi propio entendimiento.

weird fishes

viernes, 22 de enero de 2016

J. quiere ser un maestro pokemon ポケモン

yo: ¿estás viendo pokemon, mi amor?
J: si, mami
yo: pero está en inglés ¿lo entiendes?
J: no necesito, igual me gusta

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J. se prepara para ser un maestro en el amor

miércoles, 20 de enero de 2016

I.
Si no tengo nada que decirte, entonces nada te diré. breve bosque de pinos, conjunto de ramitas onduladas y caídas que reposan en la falda de mi vestido. Este es mi silencio. Esta es la forma que tengo de no hablarte. De no contarte lo que sigue en la historia de mi vida. Si tengo algo que decirte, entonces algo le diré a los pájaros que saben llegar hasta la puerta de tu casa. A todas las ondas que se forman en el agua reposada. Al golpe húmedo de la piedra en la orilla. A las luces que se hunden en el horizonte ennegrecido. Al verde oscuro de tu aliento claro.



II.
musical es nuestro encuentro. musical y dulce, como las golosinas que se quedan presas en los dientes. musical como el viento volviéndose azúcar quemada que cruje sobre la risa. musical como la insistencia de la mañana al renovarse. iridiscente, como las escamas de los paiches.

III.

zorro de arriba. cocodrilo domesticado. eres todos mis animales favoritos.


IV.
todas las imágenes que nos aterran en este u otro verano se disipan. te dije: eres como el sol poniéndose en invierno. 

V.
zorro de abajo. barba pastosa que se posa sobre el pasto y huele. la humedad obra misteriosamente, como dios. si te dejo entrar demasiado me cubrirás con una enredadera florida. una enredadera que evitará que me desplome sobre los mortales que van y vienen de sus casas. podré existir sin la posibilidad de la culpa. dejaré que traces -quizá- el esbozo de una puerta.

domingo, 27 de diciembre de 2015

viernes, 25 de diciembre de 2015

ilustrar un pensamiento no es lo mismo que ilustrar la acción de pensar. 
esta afirmación podría resultar muy básica, si se parte del hecho de que en ningún caso el producto supone apropiarse de la identidad de la acción que lo genera. 
todo recuerdo es una forma de pensamiento.
ilustrar la acción de recordar no es igual a ilustrar la acción de pensar.

todo esto viene a propósito del tiempo libre, el cual empleo en terminar un libro que tengo que entregar antes de que el año se acabe. bosquejo, trazo, dibujo, entinto, borro la huella del lápiz, procedo a valorar. 
valorar en el dibujo significa realizar un tramado, una serie de trazos que indiquen factores como iluminación, volumen, calidades de piel, tela, yeso, vidrio, etcétera. uso estilógrafos cargados con tinta china, sus puntas son de distintos grosores, pero, nada determina tanto el resultado de la textura como la presión que se ejerce al momento de aplicar la tinta. la longitud del trazo y su dirección son también factores importantes.

en los dibujos finales del libro hay mucho de esto. hablo de la acción de recordar y también del recuerdo en sí. los personajes cierran los ojos. de entre sus cabellos emergen especies de bolsas, similares a globos a los que se les ha recortado la base y el nudo. dentro de estas bolsas, represento momentos: un muchacho que toca su pecho con la mano derecha y que con un gesto de dolor se apoya en el hombro de un amigo. sobre su cabeza flota un corazón partido en dos.

los personajes recuerdan.
en mis dibujos los recuerdos son estáticos y eso me molesta. 
me molesta la representación del recuerdo porque soy consciente de que el recuerdo es algo en constante e imperceptible cambio.
hoy traté de recordar tres o cuatro cosas en específico. no lo logré. utilicé demasiado la acción de pensar. he bloqueado algunas precisiones de mis recuerdos por salud mental.
a esa conclusión llegué esta mañana al tratar de recordar cómo era el tener sexo contigo. el hacer el amor contigo. pude enumerar ciertos protocolos, ciertas pequeñas ceremonias, ciertos gestos de placer, pero era eso: un inventario. frío. insuficiente. insípido. 

hasta que toqué el recuerdo de tu forma de llegar al orgasmo. la frase que repetías una y otra y otra y otra vez antes de vaciarte. era como una advertencia, o una amenaza, o una disculpa anticipada. o mejor aún, era como una promesa, el anuncio de una llegada profundamente esperada. y luego, apretabas los labios, como conteniendo el grito y gruñías, así, con la boca presa, con un gesto bello de dolor liberado deshaciéndose en tu frente. y yo me quedaba observando cómo todo aquello duraba horas y horas en mi cerebro, cuando en realidad no había pasado más de quince segundos hasta que caías rendido y agradecido sobre mi cuerpo -que era tu cuerpo- besado por tu aliento y por tu sonrisa.
eso es todo lo que pude soportar.

evité avanzar hacia la mañana siguiente. hacia el desayuno. hacia tu ropa que fungía de mi pijama. hacia tu pecho estrecho y lampiño. hacia mi piscina de contemplación hecha de baba. entonces, metí la cabeza en la heladera y proseguí con mi día.
y avancé con cuidado entre los enormes pastizales del campo de mi mente y abrí trocha y puse señales de alerta en el camino por si se me ocurre volver a intentar caer en el recuerdo, en el deseo o en la tristeza.

me armé de valor, de un trazo fino y duro. casi cortando el papel inicié el final de este libro. un libro que empezó con el afán de matar un amor antiguo. un libro donde hay un muerto que tiene tu rostro. un libro que me ha hecho sentir que la muerte y yo podríamos ser buenas compañeras. un libro que me ha hecho aprender nuevas palabras. un libro que me ha servido para volver a escribir y también para enterrar las otras versiones que existen de mi persona. un libro que me hace representar el recordar y el recuerdo y que me hace pensar en cómo debería intentar bosquejar el olvidar y el olvido.