porque el tiempo es breve, pero me ama

domingo, 2 de mayo de 2021

Servicio de espionaje

 De momento mi mayor contacto con la naturaleza consiste en el ejercicio cotidiano de mirar a un par de palomas que están haciendo nido cerca de mi ventana. Nos gusta llamar al macho ‘la paloma espía ‘ porque siempre lo pillamos mirando hacia nuestra habitación, pero en realidad el servicio de espionaje se da en ambos sentidos.

Una mañana despertamos y nos dimos cuenta que el macho andaba en plena labor de colectar ramitas para armar su nido. La sorpresa fue el verlo ir y venir a pie con unas ramas largas y de hecho que pesadas para el pico de un palomo. Quizá por eso iba a pie. Pacientemente el palomo anduvo caminando toda la mañana con las ramitas más bonitas que encontró. Su trayecto era en forma de L y en un tramo desaparecía, así que nunca supimos dónde fue que andaba construyendo su casa.

Lo que si sabíamos es que había sido desalojado de su antiguo nido a punta de escobazos por una vecina que estaba un poco harta de que le anduvieran cagando las ventanas.

Pobres palomas. Empezar de cero no parece ser más fácil para un ave de la urbe. La pareja de palomas me genera mucha ternura. Por las tardes se espulgan mutuamente y luego parece que se besan, aunque quizá solo intercambien bichitos con el pico, que es lo más cercano a un beso humano.

Cuando sale el sol se posan en el muro que separa mi casa de la casa del vecino y se quedan quietas para recibir la luz y el calor y sus plumas se vuelven redondas y toman una apariencia que las hermana con las alcachofas.


Pasamos mucho tiempo observando a las palomas. Tanto así que a veces conversamos sobre ellas en los desayunos. Incluso intercambiamos comentarios con nuestras madres, que también las miran de cuando en cuando. ‘Ya llegó la palomita’ dice la abuelita Libia sosteniendo a un bebé en brazos y acercándose a la ventana. Los bebés ya se dan cuenta de la existencia de las palomas y a veces las reclaman para sí.

¿Cuánto tardará una paloma en construir su nido? Voy a google enseguida y escribo ‘paloma’ en el buscador. Descubro que las palomas son aves monógamas, autoconscientes y que pueden diferenciar la forma hostil de la amable con las que son tratadas por los humanos. Además, tanto macho como hembra empollan los huevos. La construcción del nido es también una tarea conjunta, el macho lleva las ramitas con las que la hembra empezará la construcción. Sigo leyendo y el asunto se pone algo siniestro, ya que el nido también puede consolidarse con residuos fecales de sus habitantes e incluso con pichones momificados. Después de un rato de andar leyendo sobre palomas no doy con el dato del tiempo.

Todavía no nos animamos a llevar a los gemelos a los parques vecinos. El miedo aún impera. Sabemos que tenemos que exponerlos a distintos entornos porque es parte de su aprendizaje sensorial, pero nos cuesta adaptarnos a la realidad. Es el encierro nuestra manera de mantenernos cuerdos y protegidos. Algunas veces entramos al pequeño jardín de la abuelita Anita (mi madre) que tiene nardos, rosas, crotos y azucenas. Ahí los bebés aprenden algunos colores y olores y formas. A veces, si sale algo de sol, los tenemos transitando por la casa sin cobija y por ahí que dejamos que les caigan unos rayitos. Qué extraño es el tiempo en que les ha tocado nacer. No nos dejamos vencer por el pesimismo, tampoco recurrimos a artificios para mejorar nuestro ánimo; de momento, seguimos espiando a las palomas y recibiendo aprendizaje del trocito de naturaleza —tan sabia y tan basta— al que podemos acceder.

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Publicado originalmente en YoEscritor!

sábado, 1 de mayo de 2021

Días normales

 Dos de la mañana. Enciendo en automático la luz de la lámpara de mi mesa de noche. El móvil de la acción es el llanto de uno de mis hijos. No sé cuál de ellos es. Sus cunas son blancas e idénticas, como lo son ellos también. Están cubiertas por mosquiteros de tul y en medio de mi vigilia pienso que esa es la razón por la que no distingo a quién pertenece el llanto, como si el llanto tuviera color y forma perceptible a la vista. Todo sucede en menos de cinco segundos: prender una luz, el pensamiento sobre el llanto, la búsqueda de las chancletas tanteando con las puntas de los pies bajo la cama. Me apresuro a coger un biberón. Ya sé cuál de mis hijos llora. Ese dato es importante porque usan biberones distintos y consumen marcas distintas de fórmula de leche. Mientras mezclo el agua caliente y el agua fría voy haciendo un sonido cíclico y rítmico: shshsh… shshsh… shshsh… Es un sonido que los calma, pero, a estas alturas, creo que me calma más a mí. Un sonido paliativo con el que creo que ellos no se despertarán mutuamente. Un sonido que descubro en mi boca incluso cuando voy al baño y ellos ya no logran escucharme. Bajo las escaleras, voy a servirme un café, ambos bebés están dormidos y yo sigo: shshsh… shshsh… shshsh…


Cinco y media de la mañana. Octavio pegó un grito que se convirtió en un llanto incontenible. Creo que anduvo soñando que le dábamos el jarabe. ¿Cómo serán las pesadillas de un bebé? Me explico cosas para evitar alarmarme innecesariamente. Lo cargo y le doy un besito y le digo que ya va a pasar y que nunca más le daré jarabes, aunque sea mentira y aunque él no me entienda. Procedo a cantarle la canción de los pollitos y despertamos a Martín con nuestra bulla. Amanece a la media hora y la intensidad del tono de azul del cielo me indica que hoy habrá sol, lo cual significa que secará la ropa para el anochecer.

Las noticias transcurren en algún canal nacional mientras abrimos pañales a punto de rebalsarse. Colocamos un nuevo pañal en cada bebé y si la pichi se escapó, toca cambiar todo el juego de ropitas: enterizo, pantalón delgado, polito de manga larga, pantalón grueso. El bebé meón solo conservará las medias y las botitas del día anterior.

Siete de la mañana. Una nueva toma de biberón para cada uno. Otra vez cambio de gasa y jarabe para Octavio. A veces lo hago reír y a veces lo hago llorar, pero siempre completa la dosis del antibiótico. Trato de no tenerle pena y asumir esta parte de la rutina como una tarea más que pronto dejará de ser parte de nuestros días. Las emociones a veces nos juegan en contra.


Dos horas después bajamos a desayunar, dejamos a los bebés con las abuelitas. Martín y yo compartimos el mismo semblante de soldado trasnochado. Joaquín, el mayor de mis hijos, nos suele acompañar en uno que otro desayuno. Hoy conversamos sobre el uso del género en el lenguaje y las líneas en forma de gato que se encontraron sobre las pampas de Nazca. Bebemos ingentes cantidades de café y comemos panes con huevos fritos. ‘Ingentes’, siempre me ha gustado esa palabra, suena a que no nos importa ser unos salvajes. Hay cosas más sustanciales que encajar en la sociedad.


Para las diez ya he logrado encender mi laptop la cual debo reiniciar como mínimo dos veces para que funcione. Me siento a revisar correos electrónicos, una lista de pendientes que tengo anotados en papelitos amarillos que cuelgan de una pizarra negra. A la izquierda, una ruma de libros que debo leer para escribir y a la derecha, varias libretas con anotaciones del trabajo. Me encanta el espacio que he creado para trabajar. Es un refugio que me desconecta de mis responsabilidades de madre protectora y me conecta a las de madre proveedora, lo cual me parece importante. La semana pasada me entrevistaron para un video que se está armando a propósito del Día de la Escritora. Me preguntaron acerca de mi vida y yo hablé de mis hijos y de mi trabajo y de cómo las mujeres podemos tener tan interiorizada la culpa al hacer actividades que nos desliguen de nuestro rol maternal. ¿Qué loco, no? Mi lado racional pierde la partida versus mi formación conservadora y el llamado ‘instinto materno’.


Once de la mañana. Pelando una pera de agua que en breve será aplastada y servida en platitos con dibujos de dinosaurios, me doy cuenta que se me ha caído un pedacito del dedo índice. Arde cuando el jugo de la fruta se chorrea sobre él y recuerdo que en las primeras semanas de pandemia usé tanto alcohol en gel y jabón antibacterial que se me empezó a rajar la piel de los dedos. Era un dolor extraño e inevitable porque usamos las manos para todo. Nunca creí posible algo como eso, quizá sea cierto que todo en exceso hace daño. Los gemelos ya comen sólidos, fruta y papilla. También beben agua, además de leche. A veces su papá les acerca una galleta y abren el pico, pero todavía no tienen luz verde para las golosinas. Pobrecitos.


Poco antes de la una de la tarde Octavio y Martín ya tienen los estómagos llenos de un menjunje que incluye papa amarilla, pollo, habas, zapallo y arvejas. Sin sal dijo el pediatra, pero con un chorrito de aceite de oliva. Ambos disfrutan de la ingesta de su papilla, Martín aún más porque tiene buen diente (aunque todavía no le crezca ninguno). Al principio me preocupaba un poco y para combatir la idea de frustración ante un posible rechazo a la comida me decía: ‘no conoces a nadie que no haya aprendido a comer’. Por la tarde la rutina se repite. Biberón con agua, biberón con leche, sacar el chanchito (¿cómo se le dirá a esta acción en otros países?), cambiar pañales con pichi o caca o ambas, subir nuevamente a trabajar otro poco, retomar la escritura de este texto, dibujar para ilustrarlo.


Minutos antes de las siete de la noche mis críos empiezan con un llanto coral que me obliga a dejar la laptop y a correr a calentar la cena. Ellos ya saben que les toca comer sólido otra vez y así lo reclaman. Desinfecto el tablero de sus sillas de comer con alcohol diluido en agua. Seco con papel toalla. Vierto la papilla helada en la ollita que espera ya sobre la hornilla al fuego. Le pido amablemente a mi gato que no se suba a las sillas de comer y que no llene de pelitos el coche doble de los gemelos. El gato me dice que no hay problema, pero que no promete nada.


Las últimas tareas son las de mayor exigencia física. O quizá sea que para el final del día ya mi cuerpo no da más. Ahora que tienen casi siete meses, los bebés chapolean en el agua y mojan todo y a todos. Les gusta la calatería y lloran cuando les pongo otra vez las ropitas. Es un escándalo. Antes de dormir, otra vez jarabe y llanto y luego, leche y canto y pasear a un bebé de nueve kilos o a uno de casi diez. Es un peso hermoso el cargar a mis bebitos, pero mi columna vertebral no está de acuerdo. Empieza así el repertorio con ‘yo tengo un elefante que se llama trompita’ y a medida que canto me doy cuenta que es medio violento el asunto porque la mamá le dice que le va a dar tas tas en la colita. Seguimos con villancicos y terminamos con boleros. Al fin se duermen y puedo cenar.


Diez de la noche. Se me chorrea la cara pero tengo una última conversación por mensajes con el papá. Nos despedimos porque él trabaja hasta tarde y le toca hacer todos los protocolos de limpieza antes de ingresar a casa y a nuestra habitación. Siempre terminamos el día con un ‘nos vemos en la madrugada’. Y así es.


Dos de la mañana. Desde alguna de las cunas un bebé llora.

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Publicado originalmente en YoEscritor!

¿Qué es lo que quiero para mi futuro? La pregunta vuelve a mí con mayor fuerza cada vez que estoy triste. Es desde la tristeza que miro con desdén mi presente y me angustio por los años que vendrán. La tristeza nos hace repensar las cosas. Al menos es así en mi caso. Lejos de sumirme en la parálisis y la inacción (algo que me sucedía de adolescente) empiezo a carburar planes y acciones para asegurarme de estar donde quiero estar en un futuro cercano. Todo esto no es más que un ejercicio que me distrae de mi pena. Escribir este texto, por ejemplo, es una forma de distraerme. Me distraigo a la vez que ordeno y esclarezco ciertos sentimientos. Me distraigo en el centro mismo del caos que quiero evitar, lo cual puede sonar contradictorio, pero no por eso menos efectivo.


Escribir es encontrarse.


Cuando estoy triste pienso en todo aquello que amo. Enlisto la preciosa sabiduría de Joaquín, el mayor de mi manada. Le agrego los gorgoritos de Octavio y los cachetes de Martín. Pero una mujer es mucho más que sus hijos. Entonces me miro y otra vez me cuestiono ¿Lo que tienes es lo que quieres? Pensar y vernos en términos de pertenencia y posesión es ruin. Prefiero enfocarme en aquello que no se puede arrebatar. Mis sueños no se arman alrededor de lo tangible. Quiero lo extraordinario y por ello, quizá, esté condenada a una permanente insatisfacción. Pero eso ya lo he dado por sentado.

Me mantengo en movimiento en el día a día. Mi actividad física se impone a mis procesos mentales y termino el día tan cansada que apenas puedo articular con coherencia un ‘Buenas noches’. Me gusta que sea así. Dejar de sentir el cuerpo y sus reacciones químicas. El cansancio contribuye a centrarme en el presente. En lo inmediatamente posible. En la siguiente tarea a cumplir. Quiero y abrazo ese agotamiento porque sé que volverá el tiempo de tener tiempo y otra vez mi cerebro se encargará de armar una pista de obstáculos para lo que resta de mi carrera.

Observo mi presente desde todo aquello que he preservado, porque sin duda alguna, aquello que conservo es lo más valioso para mí. La pérdida es vital para seguir avanzando. Avanzar no es necesariamente ir hacia adelante. Cuando estoy triste le agrego leche a mi café, lo que es un sacrilegio, pero también un síntoma. Para mi futuro quiero muchas cosas que luego se me olvidan, pero lo que nunca cambia es el querer escribir para siempre. Eso no es un síntoma, es la mayor de mis certezas y esto me sirve para ser.


Publicado originalmente en YoEscritor!


No hay cama pa' tanta gente

 ‘El pañal siempre caerá por el lado de la mierda’, me dice Martín, haciendo su propia versión de la ley de Murphy mientras termina de limpiar el poto de uno de nuestros bebitos. Se le acaba de caer un pañal con caca al suelo y ha ensuciado un poco el parquet de nuestro cuarto. Estallamos en risas porque estamos despiertos desde las cinco de la mañana y nuestra rutina tiene múltiples actividades, entonces, el cansancio nos tiene un poco trastornados y a veces reímos por no llorar.

Ambos trabajamos, él sale a la calle y yo lo hago desde casa. A esto se le suma una agenda diaria que incluye lavar ropas menuditas, preparar papillas, hacer compra de leche y pañales que en tiempo de pandemia se une a la compra de mascarillas y alcohol en gel. Las madrugadas son ahora menos atroces, pero alguna de ellas nos agarra en plan zombi. Llevamos seis meses siendo padres de gemelos idénticos y hemos perdido peso e incontables horas de sueño. A cambio, hemos ganado formas nuevas de sentir amor y algunas alegrías episódicas: el primer agú, la celebración de un nuevo mes cumplido, las ropitas que se van dejando, la primera carcajada sonora y desdentada.

Observar a tus propios hijos es dejarte llevar por el asombro. La noción de la transformación de las células dividiéndose incansablemente hasta volverse humanos completos, es insuficiente una vez que has sentido a dos fetos patearte desde dentro de tu propio cuerpo.

Volviendo al tema de la caca, una vez resuelto el desastre, conversamos sobre la textura del emplasto. Esas son nuestras conversaciones reales: ‘¿De qué color es?’ Le pregunto. ‘Verdecita con unos toques de amarillo’, me dice él y agrega, ‘como una ocopa preparada en batán’. Se me abre el apetito, pero hoy hay matasquita para el almuerzo, otro plato arequipeño.

Almorzamos de pie, con nuestros hijos despiertos y bien aseados, dando giros sobre el colchón de nuestra cama de dos plazas. Ya casi no entramos los cuatro. ‘Oye, mi amor, no hay cama pa’ tanta gente’. Le digo en tono de salsa. Me responde con una sonrisa ojerosa. Los gemelos se miran y hablan el idioma secreto de los bebitos. Afuera hay sol. Adentro, también.

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Publicado originalmente en YoEscritor!

La faja calzón

 Las medias cubanitas. Las pantis blancas. Las medias gusanito. El calzón ‘Mochita’. Las bolitas de plástico unidas por una liga para armar colas y trenzas con los cabellos nuevos de la infancia. Pienso en esto hoy que mi mamá me ha obsequiado una faja-calzón.

A mis treinta y cinco años es la primera vez que una prenda de este tipo pasa a formar parte de mi indumentaria. Al dármela me ha dicho ‘Para que se vuelva a meter tu panza’.

Hace cinco meses di a luz a dos bebés. Los gemelos hicieron que mi cuerpo cambie y mi útero se expandió hasta adquirir dimensiones insospechadas, pero suficientes para alojar a mis pequeños humanos en construcción. Luego del parto, mi vientre fue una bolsa muy grande y muy vacía, en la que mi útero quedó enquistado como un koala de piedra.

Después de tantos meses de encierro y maternidad, mi cuerpo ha vuelto a ser el de antes. O casi. Estoy echada en mi cama y miro un ratito mi vientre. Pero en realidad no es eso lo que miro. En su lugar, veo una tela negra cubierta por un encaje floreado. La primavera oscura limita con la base de mis senos. Y más abajo, sobre el pubis, completa la pieza un retazo de algodón recortado en forma de trusa. De calzón. De faja-calzón.

Meto mi mano debajo de la faja y juego un rato con mi propia flacidez. El ombligo no ha terminado de hundirse. La contextura de la piel es suave, como un bizcocho remojado en leche. Tres pelitos lo decoran. Oficialmente soy una señora, pienso. Es la faja-calzón el indicador que marca una nueva etapa, la antorcha olímpica que me alcanza mi vieja para continuar en la carrera. El nuevo empaque de la masturbación. Corro agitándola en la mano. Corro a ponérmela luego de la ducha y así, doy la bienvenida a los nuevos tiempos.


Publicado originalmente en YoEscritor!


Desde mi azotea

 Subir a tender la ropa es de momento el paseo que me conecta con mi entorno. Es el techo del tercer piso de mi casa la cubierta de un barco varado en el asfalto en deterioro de la calle donde vivo. Al final de ella, inamovible y contemplativa, sobrevive la pequeña huaca.

Más allá, el ruido blanco de los motores enfatiza que no hay mucho de ‘nuevo’ en la ‘nueva normalidad’. El paso de los aviones es ahora menos frecuente. Si alguno surca el cielo mientras estiro una chompa húmeda y pesada – una de aquellas que hunde un poco la tensa línea del cordel- ensayo en mis deseos el pedido de una puesta de sol.

Ahora aprecio el sol. Son los días soleados los más felices del intermitente invierno en Lima. Las tardes se alargan en la extensión del manto de luz de un falso verano. La ropa seca rápido.

Si el paseo es nocturno, porque el tiempo es tirano y hay que lavar cuando se pueda, aprovecho para ver las luces. Hoy hubo estrellas en La Gris. Pude contar más de catorce, lo cual es una suerte en una ciudad donde la contaminación lumínica rara vez le da tregua a los astros. Al fondo del paisaje ha crecido un edificio. Solo tres ventanas encendidas en un bloque sin gracia. Erecto, vertical, desolado. El cerro San Cristóbal -apu mayor de la ciudad- es un punto chiquitito con una luz titilante en su cima. Las copas de los árboles se mecen suavecito en los parques vecinos.

Termino de colgar las medias impares como colocando notas en un pentagrama de alambre. Esta es mi canción. Gotea en mi cabeza en forma de palabras bailables. La tina está vacía. Es hora de volver a mi no soledad.

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Publicado originalmente en YoEscritor!

jueves, 4 de enero de 2018

Esta es una foto mía a los 20 años. Tú estás en mí como un conjunto de células alocadas buscando una forma en la cual caber. Yo soy tu recipiente. Mi forma es la de una adolescente tardía o una adulta precoz. Tú eres una brújula. Eres un yunque que cae desde el último piso de un rascacielos haciendo un sonido agudo y perceptible solo para los perros. A mi lado derecho aparece mi madre, con el rostro de aún no saber que será tu abuela. Atrás, como queriendo aparecer y no, está la pequeña Úrsula, que ahora tiene 14 años.

 - Creo que nunca he sido la primera enamorada de nadie- le digo.

Han pasado 12 años desde que esa foto fue tomada. Tú eres un niño que cabe perfectamente en el papel de un niño. Eres el yunque más ligero del mundo. Te gusta sacar la lengua en las fotos. Ella ya es la primera enamorada de alguien. Habla y sonríe poco. Me recuerda a mí después de mi primer enamorado. Comemos y bebemos mientras esperamos que el show comience.

El lugar parece un desfile de antorchas sin niños. Maquetas luminosas en formas de animales. Un dragón larguísimo hecho de vajilla china. Dinosaurios de fibra de vidrio con gestos de andar perdidos en el tiempo/espacio. Sobre el escenario un presentador anuncia los números que veremos esta noche: la ceremonia del té, el mágico cambio de caras, artes marciales y pruebas de fuerza. Me siento como en una actuación de colegio. Trato de sentirme feliz y lo consigo. He aprendido a modular mis sensaciones. He colocado palancas para aplausos y carcajadas en lugares estratégicos de las sinapsis. De eso debe tratarse la adultez. De falsear emociones hasta el punto en que dejen de ser falsas.

En esta tengo 7 meses de embarazo y 21 años recién cumplidos.

Ensayo mentalmente canciones para cantarte cuando ya seas humano. Está una de Atahualpa Yupanqui que se llama ‘Duerme Negrito’. Es una canción muy bella, ideal para la hora de irse a dormir, con amenazas tiernísimas (el amor que no infunde miedo, no es amor) y sonidos onomatopéyicos. La entono en voz alta y me toco la barriga como un tambor con ombligo en alto relieve. Luego canto ‘Piove’ de Jovanotti en falso italiano y todo se va a la mierda. Pienso que quizá sea una pésima mamá, y que en lugar de emocionarme al recibir la rosa de plástico y tela en el día de la madre, solo la dejaré morir en el polvo de los regalos fabricados en serie.

 - Mamá, ¿puedo pedirte una cosita?

Me hablas como te hablo. Me hablas como si fueras mi mamá. Accedo a tus pedidos porque son simples y justos y porque casi siempre son acciones u objetos que también deseo. Entonces compartimos la pertenencia y la alegría de habernos salido con la nuestra. Somos dos niños. Somos dos señoras treintonas que beben café.

Una noche te escuché cantar y te molestaste conmigo. Lo estabas haciendo en secreto y yo lo descubrí y quise saber más sobre tu canto. Pero te llenaste de rabia y no quisiste seguir y yo sentí un pequeño fracaso. Lo siento. Cuando era niña mis actos secretos tenían que ver las películas de terror y las películas para adultos, seguido además de la masturbación. El canto siempre era público. Así lo aprendí en el colegio.

Esta es de esta tarde. Tengo 32 años, tú tienes 11 y usas lentes.

En ella aparecemos Úrsula, tú, la maqueta luminosa de un panda y yo. Somos nostalgia futura. Nada reemplazará este momento, aunque ahora nos resulte vano, aunque no queramos sonreír al sonido artificial del disparador de este Smartphone. Salimos del lugar arrastrando piedritas y arena en los zapatos. Ahora solo nos queda volver. Luego el ejercicio del recuerdo nos destruirá y solo sobrevivirá esta imagen encerrada en la pantalla táctil. Y todo lo no escrito quizá sea tu nueva secreta canción. O la mía.

lunes, 21 de agosto de 2017

Voy a regresar afuera antes que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión, y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color, y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla, y es dura, es dura, es dura, es muy dura, es muy dura la lluvia que va a caer.

Gracias Bob, gracias Patti. Adiós, Arturo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

algo bello que sucedió en este año que casi termina fue conocer a alicia ugaz. ella trabajó su primera individual a partir mis abrazos largos, ese librito de pasta azul, vapuleado y resistente que publiqué el año 2013. un día alicia me escribió y quedamos en conocernos en persona. visité su taller, me mostró las piezas; mezcla de dibujo, bordado, collage y acuarela. se llevó la exposición a méxico y luego la presentó en lima. en la inauguración obsequió unos pequeños catálogos hechos a mano, encuadernados por ella. todos los detalles del proceso y de la muestra sobrepasaron cualquier cosa que pudiera yo esperar a consecuencia de publicar un libro con mis textos. completar la experiencia de la poesía debe ser algo muy similar a esto.




el portafolio de la muestra aquí, una breve nota acá.

domingo, 30 de octubre de 2016

tres meses de la presentación de mi libro. días antes estuve caminando por las calles de Magdalena en busca de dinosaurios. caminar, escribir, buscar y encontrar lo no buscado son en suma una parte importante de aquello que intento como poema. la poesía en definitiva es algo más alto y menos explícito.
el día de la presentación proyectamos este video, el cual trabajé junto a Pepe Cahuas en el mes de julio. la descripción que acompaña dice así:

Recorrido audiovisual por Lima y los escenarios del libro 'los abrazos largos. prosa' de Karina Valcárcel. Grabado los días de julio en la Residencial San Felipe, el tren eléctrico, las ciclovías de las avenidas Arequipa y Salaverry, distritos de Lince, San Isidro, San Borja, San Miguel, Pueblo Libre, entre otros. El fin fue recrear -a través de un collage de imágenes y secuencias- la atmósfera que intenta transmitir las prosas de este libro; así como evocar el estado de ánimo de quien observa desde distintas perspectivas la ciudad, su tránsito y sus palabras.

y el video es este:

tres meses desde la presentación de mi libro. aunque no debería ser la forma de fechar nada en particular, lo tomo como pretexto para sentarme a escribir algunas líneas en este abandonado blog mío. es domingo y he regresado a casa poco más de las cinco de la mañana. el cielo ya iba clareando, lo que demuestra que el invierno ya terminó de mudarse de hemisferio. a dos cuadras, dos muchachas de apretados jeans vienen tambaleándose, apoyada la una sobre la otra, como si acabaran de jugar el mejor partido de sus vidas. como viejos amigos que saben de sus penas. pero sonríen. sonríen y se tambalean y algunos hombres que también andan despiertos y errantes a esas horas de la madrugada en Lima las miran. yo también las miro mientras el taxi avanza por avenida universitaria.
despierto al mediodía del mismo domingo. ha salido el sol y huelo a sexo. me lavo la cara y los dientes y bajo a desayunar. vierto dos cucharadas de café instantáneo al agua caliente de mi taza y luego veo que no tengo azúcar. reviso todos los lugares posibles en los que podría hallar al menos un poquito, pero nada. estoy desabastecida. ya pasaron once días desde que mamá se fue a europa. ahora soy una chica de 31 años en una casa con tres hombres. un niño y dos adultos. uno de ellos es papá. papá viene a dormir a casa todos los días desde que madre se fue a Barcelona. papá dejó de vivir en nuestra casa a mis 12 años. ahora compra el pan por las mañanas y me llama por la noches para preguntarme si llegaré a dormir. papá extraña a mamá, pero en especial extraña la posibilidad de su independencia y desapego. amo a papá y extraño a mamá.
en un rato bajaré a freírme algo para el almuerzo. no recuerdo por qué empecé a escribir todo esto, yo quería decir algo que se perdió en el camino, pero me importa menos de lo que me importa elegir el almuerzo de esta tarde. yo solo pasaba por acá para sentir que no he abandonado del todo el ejercicio de darle a las teclas negras de mi laptop. además, quería archivar una serie de sucesos y recuerdos, porque mi memoria es blanda y se agujerea con facilidad. volveré en próximos posts, pero primero, una fritura.

yo no quiero hablar del amor. yo quiero hablar de todo lo que comen los protagonistas durante la película. llevan hacia sus bocas crujientes y verdes vegetales todo el tiempo, verduras equilibradas grácilmente en un par de palillos de bambú. sorben transparentes fideos que parecen tener metros y metros de extensión. sirven el café en delicadas tacitas de jade. se encuentran y desencuentran mientras van a buscar la cena, y por esa misma razón, a veces les cae la lluvia. ordenan el uno para el otro los platillos que elegirían sus respectivos cónyuges. ensayan la infidelidad, los encuentros y las despedidas en vaporosas tertulias que discurren en cafés o restaurantes. quiero hablar de las recatadas y cadenciosas caderas de Su Li-zhen, subiendo y bajando peldaños de algún barrio de Hong Kong, atrapadas en esos ceñidos y brillantes vestidos de cuello alto. del humo que asciende lento sobre la cabeza de Chow Mo-Wan, como la explícita combustión de sus ideas e imposibles afectos. de la textura del agua y la textura del llanto. de la imposibilidad y el simulacro. de lo nada preparados que estamos para el nuevo dolor, para ninguna despedida. del ejercicio de narrar secretos a los árboles, a los muros. de la voz de Nat King Cole cantando boleros con ese acento gringo tan espantoso, pero que en él resulta adorable. de la cámara lenta y la tensión sexual y el piso de tu habitación arropado por un cielo de peluche sobre el que rodamos mientras la magnificencia de los años pasa como las flores.