porque el tiempo es breve, pero me ama

martes, 8 de enero de 2013

Año nuevo

P. y yo viajamos para pasar año nuevo en Santiago de Chuco. Visitamos el lugar para conocer la tierra donde nació Cesar Vallejo. El primer día estuvimos en Trujillo, visitamos el museo del juguete y Chan Chan. Luego estuvimos un rato en una playa que empieza con "Ch" pero cuyo nombre nunca recuerdo. Por la noche partimos al pueblo de Santiago, vomité dos veces en el bus. Cuando aterrizamos, el cielo estaba muy azul y brillante, como si a dios se le hubiese volcado el frasco de escarcha.

Santiago de Chuco es un pueblito que también podría llamarse Vallejilandia. La radio local es "Radio Trilce", la calle de nuestro hotel "Los heraldos negros", la calle donde queda la casa de Vallejo, "César Vallejo" y en la plaza hay un busto blanco del escritor en mención.

Sin embargo nadie se detiene a darle una mirada al César blanco y pensativo, quizá están muy acostumbrados a su presencia. Lo que si hacen es reunirse durante largos tramos de tiempo a observar un muñeco de papanoel de metro y medio que toca con su falso saxofón, una música que parece tomada de una película porno.

La noche de año nuevo salimos a recorrer las calles que circundan la plaza principal. Ya no llueve, pero aún está el frio que más temprano me obligara a comprar una chompa en el mercado.
A P. le gusta la chompa, seguro porque me hace ver como una abuelita. P. es un chico muy visual, pero de todas las estéticas que he experimentado, me parece que la de abuelita y la de indigente son las que lo ponen más loco.

Cada cuatro pasos encontramos a un muñeco de trapo condenado a la hoguera. Hay incluso familias de muñecos de trapo. Me remueve un poco el corazón ver muñecos pequeñitos, como niños de cuatro años de edad, a punto de ser calcinados. Llegamos a la plaza justo para la quema de uno de ellos. Convertido en Hellrider, el muñeco imagina su venganza mientras se le caen los brazos vueltos ceniza. Los pobladores danzan alrededor del sacrificio de la ropa vieja.

En medio de las celebraciones, nos acercamos a un puesto ambulante de juguetes y golosinas. Yo elijo una cámara fotográfica de plástico celeste que tiene empotrado un dinosaurio. P. se lleva un trompo rojo. En mi cámara habitan pequeños dinosaurios, son tan pequeños que parecen mosquitos. Presiono el disparador y un brontosaurio, luego un triceratops, luego un t-rex... A la mañana siguiente el humo ha espantado a las nubes negras de la lluvia y en cambio un sol precioso que quema suavecito se levanta temprano en el cielo. Vamos a estirar las piernas y dejar que la luz entre.

P. me cuenta El trompo de José Diez Canseco. A pesar que ya sé de lo que va la historia, escucharla en la voz de P. es mucho más bonito. Me emociona que se emocione y me conmueve que se conmueva. Yo le hablo un poco de Trilce, que es la lectura que he elegido para portar en este viaje. P. y yo hemos desarrollado una relación de hábitos maravillosos, por ejemplo comprar libros no es solo comprar libros, sino confabular, sentirnos sucios y felices, culpables y risueños, como si estuviéramos juntando chocolates en una montaña obscena sabiendo que no podremos consumirlos antes que el sol limeño los derrita. Por eso las últimas horas que pasamos en Lima antes de treparnos al bus para Trujillo, nos perdemos por Quilca y nos llevamos un par cada uno. Nos horrorizamos. Nos divertimos.

La carretera de regreso nos maltrata el cuerpo. De vuelta en Trujillo compramos algunos souvenirs y almorzamos casi casi a la hora de la cena. Ya extrañamos Lima. Somos bichos citadinos, ratones de ciudad en el campo.