Revisando mis cajones y re-ordenando mis recuerdos, mis labores y papeles encuentro fotos de mi época escolar, el parte de mi matrimonio, un babero de Joaquín, tickets de algunas cosas que hicimos juntos, tarjetas personales, cartones que seguro guardé para dibujarles algo encima, mis primeros libros. Cojo el púrpura y lo leo. Comienza con Nueve meses, el primer poema que escribí para mi hijo. Termina con Jardín, que es un texto que habla de una sensación espero no volver a sentir jamás.
Luego abro el amarillo y ya no me parece tan malo. Leo Recorrido y recuerdo la sensación de estarme enamorando de ti cuando aún estaba casada. Recuerdo por ejemplo los besos en la mejilla y la felicidad acelerando los procesos de destrucción de aquella tristeza que andaba yo cargando esos últimos años con G. Entonces recuerdo la tristeza de esa época en la que mi matrimonio se iba a la mierda.
Ya no he vuelto a tener una tristeza similar. Supongo que es porque ahora tengo múltiples actividades que convierten la tristeza en un combustible ecológico y que bueno, aunque a veces me hace sentir patética e insignificante, nunca más me deja inmóvil en cama por una semana, con esa expresión melancólicamente pegajosa, con esa cara de haber soportado todos los knock outs sin inmutarse.
Esa tristeza no volverá porque además ya no tengo quince, ni veinte, ni veinticinco años. La tristeza no es más un sentimiento purificador y eso me alivia asquerosamente.
No es que ahora no me sienta triste de cuando en vez, solo que creo que ya se me acabaron las anclas.
Ahora pienso: Quizá otros puertos esperen por mi, quizá me recibirá una comitiva con banda y serpentinas. Llegaré muy triste y sonreiré a los pueblerinos con mi mejor sonrisa de tristeza, regalaré mis pañuelos llenos de moco y los enmarcarán y los colocarán en un museo, me darán la llave de la ciudad y una oferta insuperable en antidepresivos y seré tristemente feliz por algún tiempo.
Supongo que así es ahora, por eso no quiero escribir como antes. Me da miedo. Me da miedo que el Jardín aparezca en mi vida nuevamente y que le haya crecido plantas carnívoras. Me da miedo que no sea cierto que logré destruirlo. Que no sea verdad que ahora mi cuerpo es un charco tibio donde los gorriones vienen a limpiarse las plumas y a beber con los amigos.
