lunes, 30 de julio de 2012


no sirve pensar en el futuro si es algo que te arruina el presente. no sirve si te riega la angustia y la hace crecer por todos lados. al fin y al cabo para cuando el futuro llegue se habrá convertido en presente y te darás cuenta lo vano que ha sido programar la vida.

claro que tengo planes y sueños y ganas de todo, pero nada de ello me genera malestar alguno. lo que quiero que sepas es que está bien que nos joda siempre y cuando nos salve, no debes dejar que cosas mínimas estropeen lo que vendrá.

por eso supero las pequeñas molestias y prolongo la pequeñas alegrías como si se pudiera vivir un orgasmo en cámara lenta. entonces qué grande es el recuerdo de lo bonito, qué útil, qué multivitamínico. por ahora quiero vivir así, dejar que la felicidad sea un tatuaje en la palma de mi mano. espiar la tinta viajando por mi torrente sanguíneo, redibujando sus letras, en las líneas de mi inexistente destino, destinitos fatales como diría Caicedo.


A un hombrecito le gusta el cine y llega y funda un cine club, y lo primero que hace es programar un ciclo larguísimo de películas de vampiros, desde Murnau y Dreyer hasta Fisher y ese film que vio hace poco de Dan Curtis. Al principio hay mucha acogida y todo: el teatro se llena. Pero semana tras semana va bajando la audiencia. Como se sabe, el público cineclubista está compuesto en su mayoría por gente despistada que acude a ver acá "el cine de calidad" que no puede ver en los teatros cuando estos sólo exhiben vaqueros y espías: Imbéciles que abuchean una película de John Ford con John Wayne "porque el ejército de EE.UU. siempre mata muchos indios", que le dicen imbécil a Jerry Lewis. 


Esa gente cómo le va a coger la onda a los vampiros, no falta por allí uno que insulte al hombrecito del cineclub por estar exhibiendo cosas de éstas, cuando los estudiantes luchan en las calles, gente que únicamente sufría de noche y que siempre duerme bien y al otro día se despiertan y pueden hablar de amor, de papitas, de viajes, de política y cuando llega la noche se ponen a soñar de lo mismo que han hablado durante todo el día. 
Pues bien, el hombrecito de nuestra historia comenzó a perder grandes cantidades de dinero, porque ya al final no iban más que diez personas a sus películas de vampiros, 9, 8, 7, 6, 5, los últimos 4 sí empezaron a conversar, a contarse recuerdos, pasó el tiempo y uno de ellos se mudó de ciudad, otro amaneció un día muerto, uno se graduó de arquitectura y nunca nadie más lo volvió a ver por estas tierras.


El hecho es que el sábado 25 de septiembre de 1971, el hombrecito encontró, al ir a introducir el último film del ciclo, que no había más que un espectador en la sala, allá detrás, en un rincón, mitad luz y mitad sombra.


El hombrecito iba a comenzar a hablar de la película que amaba tanto, pero el Conde se paró de su butaca y le sonrió, y el hombrecito tuvo que bajar los ojos. 


***



Un hombrecito va por allí caminando fresco, cargando un libro de Mr. Edgar Allan Poe que pesa 5 kilos. De pronto un gordo lo ve pasar y se acerca y le pregunta:


        - Dígame, ¿no le molesta andar con ese libro tan pesado parriba y 
pabajo?

El hombrecito, que es muy bondadoso y un poco ingenuo, no se 

da cuenta que el gordo se quiere burlar de él, y por eso piensa antes de 
contestar, para darle la respuesta exacta; y ella es:


        - Lo que pasa es que desde hace un tiempo para acá me di cuenta 
que yo vivo mi vida montado en un globo, y el libro de Edgar me 
sirve de lastre. Lastre para no elevarme tanto, para no ir a parar a una 
región desconocida, habitada por gente que a lo mejor no me gusta, 
que no conozco. Además la persona que más supo de globos en el 
mundo fue mi amigo Edgar.

Y el gordo al oír eso se le ríe en la cara. 

Y el hombrecito comprende ahora y se pone muy triste. Y la tristeza le dura cinco días. Hasta que se encuentra en una película una actriz americana de la que se puede enamorar fácil, y la tristeza se le pasa.
A.C.